viernes, 10 de febrero de 2017

CARTA AIRADA



Dices que la templanza es mi signo y he forjado una espada junto a mi alma.

Dices que poseo un corazón equilibrado, que aunque pequeño es frío y muy apto para destrozar al hombre más entero.


Que mi mirada serena tiene como destino escarbar en tu cabeza para torturarte con deseos vehementes.

Dices que soy de temple lúcido, con una mente capaz de volver loco al más cuerdo y que vomito palabras sin temor ni vergüenza para privar tus anhelos, con el único fin de desgarrarte por dentro.


Que soy cruel contigo, que causo desazón en tus sentidos, incluso dices que he hechizado tu espíritu con agujas de hielo.

Dices, dices y dices...

Pero lo que tú no sabes es que he conocido el fulgor del viento con inocencia virgen.

Lo que tú no sabes es que he visto acercarse sombras cuando he tornado mis ojos ciegos.

Lo que tú no sabes es que cuando el valor arde en mi pecho y suspira sin aliento, mi ser no conoce credo si el amor no viste duelo.

Hablas de dolor y pena, de estados de profunda melancolía y soledad eterna.

Sin embargo afirmas no conocer el miedo, ¡pues yo sí!, porque lo he sentido adherido a mi cuerpo para ir helando poco a poco mis venas hasta congelarme el alma y con pánico ilimitado he visto a mi corazón encogerse hasta transformarse en un muñón desgajado y seco.

Pero ya no busco luces blancas, ni escarbo en penas pasadas, ni tengo temblor en el ánimo, ni pienso en la cura para heridas cerradas.

Y sí, me gusta embeberme con las melodías de jazz en tu saxo, me resulta hipnótica la armonía en tu voz para versionar cualquier cuento con ese magistral dominio de la lengua.

Pero yo no soy tu fetiche, no deseo ser el suero de nadie, ni la musa de tus notas, no puedo verte pisar cristales rotos aunque los cubras de fina seda, ni quiero ser de tu pensamiento una constante, ni la sal en tu herida....,

te prohíbo terminantemente componer para mí canciones, y no permito que engalanes unos labios que jamás has besado, no consiento que invadas mi vida para satisfacer con torturas la soledad de la tuya, ni que provoques en mí la ira para gozo de tus pesadumbres, no soporto que desees un cuerpo que nunca te será entregado, ni ames a un corazón que tan siquiera te ha sido presentado.

Ni una sola vez me he regalado, ofrecido o vendido, sólo sé entregarme a quien yo he querido.

Y yo ni te quiero, ni te deseo, ni te amo..., no te amo, no te deseo y no te quiero...


De Ana María, para D.

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