Sabia muy bien que en ciertas casas habían dejado tuerta, desdentada o con costurones en el rostro a alguna que otra moza para hacerlas menos bonitas y apetecibles para el casamiento.
Una forma de mantener mano de obra a bajo costo en la hacienda familiar.
Pasado el tiempo perdían la lozanía y el espíritu para el trabajo y quedaban relegadas a la soltería envejeciendo a la par que sus padres y de forma prematura para cuidarles.
Otras eran casadas con hombres viejos y feos.
Y algunas, las que tenían peor suerte, terminaban sus días con viudos crueles llenos de vicios y cargados de hijos tristes y desnutridos.
Tenía todo organizado en su cabeza.
Ariel se presentó en casa del padre de Abigail con un presente, un regalo para dar a entender que en vez de perder las pequeñas manos de su hija para labores livianas, sumaría otras dos más grandes y rudas para faenar la tierra, sin dejar de lado su labor de zapatero y curtidor.
Puntualizó en varias ocasiones que si se aprobaba el enlace, la familia crecería para ser más fuerte y próspera.
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