martes, 24 de marzo de 2026

La pedida (cuarta parte)


Ahora tocaba ser cauto a la hora de hablar con la familia de la pretendida.

Sabia muy bien que en ciertas casas habían dejado tuerta, desdentada o con costurones en el rostro  a alguna que otra moza  para hacerlas menos bonitas y apetecibles para el casamiento.

Una forma de mantener mano de obra a bajo costo en la hacienda familiar.

Pasado el tiempo perdían la lozanía y el espíritu para el trabajo y quedaban relegadas a la soltería envejeciendo a la par que sus padres y de forma prematura  para cuidarles.

Otras eran casadas con hombres viejos y feos.

Y algunas, las que tenían peor suerte, terminaban sus días con  viudos crueles  llenos de vicios y cargados de hijos tristes y desnutridos.

Tenía todo organizado en su cabeza.
Ariel se presentó en casa del padre de Abigail con un presente, un regalo para dar a entender que en vez de perder las pequeñas manos de su hija para labores livianas, sumaría  otras dos más grandes y rudas para faenar la tierra, sin dejar de lado su labor de zapatero y curtidor. 

Puntualizó en varias ocasiones que si se  aprobaba el enlace, la familia crecería para ser más fuerte y próspera.


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