La falta de estabilidad y la sensación de objeto extraño en mi ojo terminaron por derrotarme.
jueves, 24 de marzo de 2022
miércoles, 23 de marzo de 2022
Pérdida de control.
Siempre me levanté.
Tengo la horrible sensación de vivir con una olla a presión dentro de la cabeza, mientras gira y gira la maldita válvula imponiendose al equilibrio hasta acelerar el mareo y provocar la nausea.
No deja de escupir pitidos cada vez más, más fuertes y así cancelar la lógica del sonido y cegar mis ojos cuando expulsa el vapor espeso y continuo.
Pierdo fuerza sobre el control del cuerpo.
Me desplomó.
El tiempo, un constante martillo percutor.
Al fin y al cabo estaba aceptando una dudosa derrota. Y sí, me volví perezosa, antepuse mi interés propio a cualquier otro, lo admito. Más horas destinadas a mi persona, ¿cuál es el fin de tantos hijos?, esas semillas germinadas con tanto amor, coacción , descuido o cuidado que crecen y comen sin control pidiendo a boca llena un día y otro y otro...
O feneciendo poco a poco, mientras se secan por dentro y por fuera; sin alimento o agua, apenas sin respirar para no morir.
Nadie solicita nacer, la existencia es impuesta de manera imprevista, inconsciente, meditada o egoista por el progenitor, progenitora o ambos.
De otro modo estaríamos extintos.
Es curioso todo el tema de perpetuar la especie, va adherido de forma intersticial al propio SER.
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martes, 22 de marzo de 2022
Al princio
Cuando tuve conocimiento de lo que pasaba después de un periplo con experiencias de mareos cayendo al suelo, opté por pedir ayuda (no fue nada fácil), cuando an@ es joven y la analitica está en los límites normales, pueden ser tantas cosas....
Por otro lado mi matrimonio iba de fábula Me casé joven, quería tener hijos, al menos tres. Una parte fue fácil, a las ocho semanas tuve una "falta" ya estaba en estado de buena esperanza. Pero un aborto en el segundo trimestre de gestación nos obligó a cancelar la .misión.
Quizá la maternidad no quería hablar el mismo idioma que yo.
Hoy, ahora, en este instante tengo fuerza para descarnar mi vida.
Es absurdo, irracional, doloroso. Aún no comprendo mi vergüenza si algún conocido se entera de mi enfermedad.
Una persona deportista, trabajadora, echá "pa lante". Antes miedo, luego dolor e ira, ahora aceptación.
La vida es caprichosa en extremo, pero claro, el dolor es personal y autónomo dentro de cada cuerpo.
Sigo estable, son muchos años diagnosticada.
Aunque parezca paradójico he tenido la gran suerte de que este cuerpo que me envuelve haya aprendido a adherirse,a las medicaciones.
. .
Reflexión de última hora
He dejado apartado mi blog en una esquina, como el que abandona un hijo en la puerta de un hospicio.
Esperando que las ideas lo adopten y lo hagan crecer.
Me cuesta; admito que mi cerebro y mis ganas están yermos, como una nuez hueca, seca y podré.
Tampoco pienso, últimamente me llena la pandemia, la fiebre y la guerra.
jueves, 17 de diciembre de 2020
PANDEMIA
Empiezo a estar ya cansada de contar las horas sin sentir los días.
Tengo miedo a una muerte pronta, a una parca que me aparca en casa y me obliga a mirar la vida desde la ventana, sin volver a oler el sudor de aquel tipo del metro que tanto repudie en su momento.
Echo en falta limpiar la saliva depositada en las mejillas por besos calientes y pastosos que me impregnaban la cara para provocar una ira contenida.
Jamas me he quitado de la cabeza las imagenes de ancianos, y NO tan ancianos reptando por los pasillos del hospital en medicina interna, aferrandose a una cura para sus males.
Todos queremos seguir viviendo..., pero todos somos demasiados.
Vuelvo a mi ventana intentando evitar el sonido sepulcral de la nada. Ahora sólo escucho pàjaros con un graznido curioso y localizo gatos hambrientos buscando el "despojo" humano.
Jamás pensé en la necesidad del ruido con palabras huecas, ni en la desesperada búsqueda de la algarabía infantil que tanto me molestaba.
La naturaleza no hace pactos ni actúa de forma irreflexiva. Nos ha vomitado encima, nuestra propia bilis para una autocontención forzosa y mermar el afan destructivo.
Ana María Plàdena.
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